El viajero

Atardecía cuando divisé un motel en mitad de la nada, en medio de aquel desierto interminable. El desangelado establecimiento estaba muy cerca de la carretera. Se diría que agarrado desesperadamente al único hilo que lo unía con la vida. Las ruedas del coche levantaron polvo rojizo al abandonar el asfalto y se detuvieron con un sordo y educado frenazo. Todavía hacía calor. El hotelucho era pequeño y desvencijado, como si alguien hubiera arrojado esta caja de zapatos en aquel arenal, en un pasado muy remoto. Al acercarme al porche de entrada, oí el rumor de un motor obstinado y laborioso. Unas repentinas y vigorosas ráfagas de viento columpiaron un cartelón metálico corroído hasta lo indescifrable. Subí los tres escalones con una vaga sensación de aprensión.

Sentado en una mecedora, un tipo pasados los 60 trabajaba minuciosa y concentradamente en la confección de un anzuelo. Levantó los ojos de su hipnótica labor y me descubrió. Sus ojos eran de un azul clarísimo, casi blanquecino, que contrastaban con su rostro acartonado y curtido por el sol y la intemperie. Se quitó su viejo sombrero de paja, se levantó y, sin decir una palabra, pasó al interior.

Cruzamos las frases mínimas en nuestra transacción comercial. Pagué sólo una noche. En este desierto eterno practicaba una especie de navegación de cabotaje. Iba de motel en motel, tras cientos de millas de carretera diurna. El patrón no prestó demasiada atención a mi pasaporte, a pesar de que ostentaba el escudo de una nación que estaba en el otro confín del planeta. Sí que examinó con cierto interés mi nombre. Cerró los ojos, como si aquellas palabras formaran parte de un mágico encantamiento. Revisó mi inscripción en el registro. Y recordó.

-Hay una carta para usted -dijo con cansina naturalidad.

-Eso es imposible -reaccioné, atónito.

-Puede -ignoró mi desconcierto-. Tome. Me entregó un sobre con funcionarial indiferencia. Cerrado y con mi nombre primorosa e inequívocamente rotulado en el anverso. Una amenaza sin sello y sin remite.

-¿Quién le entrego esto? -le interrogué, ansioso, angustiado.

-No sé. Alguien lo dejó en el buzón hace una semana. Puede poner la televisión, pero la antena parabólica no funciona. La máquina de refrescos sí funciona, pero sólo hay coca-cola light.

Y se desvaneció tras una puerta.

La ducha no despejó toda mi perplejidad. Por el desagüe, adheridos al polvo y el sudor, no se fueron todos mis miedos. El sobre, en el centro de la cama, todavía tenía activada su espoleta de acción retardada. Demasiadas preguntas para un cerebro fatigado. Me concentré en una sencilla. ¿Cómo era posible este sinsentido si hace una hora yo no sabía que existía este agujero inmundo?

Me tumbé en la cama, y con el cuidado con el que se recoge una muestra de material extraterrestre, examiné el sobre. Noté la presencia de una hoja plegada en el interior. Esperé largos e interminables minutos a que dentro de mí surgiera una fuerza valerosa y arrebatada, que me impeliera a rasgar este fatídico envoltorio. Me sentía como si estuviera huyendo y , finalmente, unas fuerzas abrumadoramente superiores me hubiesen localizado y arrinconado en esta jodida ratonera. Pero yo no estaba huyendo. Esto era un viaje de placer, soñado y planeado durante años. Y esta carta no podía ser la notificación de mi sentencia de muerte, me repetía una y otra vez. Pero, ¿por qué estaba convencido de que era eso en realidad? Vencido, deposité mi angustia en la mesilla, aunque no ignoraba que una misiva cerrada se hace más y más fuerte con el paso del tiempo. Programé en el compact-disc portátil sólo un puñado de las Variaciones Goldberg, para que actuasen en mí como un potente y eficaz narcoléptico.

Me desperté con una sacudida de horror sudoroso y helado. Unas voces me acosaban en mi pesadilla. Unas voces incorpóreas. Un confuso galimatías de acentos plegados, adheridos en capas sucesivas. Un puzzle tridimensional de sonidos de imposible resolución. Sólo acerté a encajar las suficientes piezas para entender un “Conocemos tu secreto”. Cuando tras de las voces comenzaron a perfilarse unas siluetas vagas me obligué a despertar. No encendí ninguna luz. Casi automáticamente miré la mesilla. Obviamente, eso no había sido un mal sueño. Me levanté y me acerqué a la ventana. Un viento constante removía, malévolamente, las arenas plateadas por un avanzado creciente. Ni una sola luz humana. Un horizonte monótono y desesperanzador. Fui al cuarto de baño y me tragué un par de somníferos. No podía correr riesgos. No quería que me asaltaran de nuevo las alucinaciones del viajero que padece una sobredosis de espacios vacíos.

Volví a oír las voces en un rincón inconcreto de la noche. Pero en esta ocasión provenían del exterior objetivado. Me levanté y salí al desierto. La luna era un delgadísimo menguante. Agucé el oído y percibí claramente los sonidos humanos, que se aproximaban en oleadas carentes de sentido. Surgían de la nada, en un arco de horizonte lejano, aunque, inequívocamente, enfrente de mí.

El polvo en suspensión me hacía lagrimear. Repentinamente, el sonido aumentó, se hizo más agudo y aceleró vertiginosamente su avance. Y brotaron decenas de figuras humanas, en apretada y regular formación, que también se aproximaban a mí, aunque más lentamente que sus voces. Corrí hacia el refugio de mi habitación, cerré la puerta y, aterrorizado, me tumbé en el suelo y adopté una posición fetal. Las voces ya estaban aquí. Podía deletrear su cadencioso ritmo. Un reconocimiento más que una amenaza. N-O H-U-Y-A-S. Sentí las innumerables pisadas en la arena. C-O-N-O-C-E-M-O-S T-U S-E-C-R-E-T-O. Un último esfuerzo para derribar la puerta. Una corta espera de no más de diez sílabas. T-U E-R-E-S E-L Ú-L-T-I-M-O…

La mañana llegó como una bendición. Estaba agotado. Una noche de pesadillas encadenadas, dentro de otras pesadillas. Pero, un momento. Esta no era la habitación en la que me había dormido ayer. Sobre la mesilla, una desgastada biblia de hotel. No había ningún sobre. Salté de la cama y salí hasta el umbral de la puerta. El paisaje era similar al de ayer, pero mis ojos habían aprendido a diferenciar matices en la monotonía, después de muchos días de recorrer este desierto. Y el lugar en que me había despertado esta mañana no era el mismo de ayer. Reí entre dientes. Miré la fecha en mi reloj. ¡Maldita sea! No recordaba qué día fue ayer. El tiempo había perdido el significado, domeñado por este arenal interminable. No tenía referencias. Estaba perdido y asustado. Una carta (que quizás no había existido) que no leí. Mis piernas y pies estaban tiznados por el maldito polvo rojizo. Hice lo que suelen hacer los animales acorralados y asustados: huir. Sin detenerme a averiguar siquiera si en aquel motel (que no era el mismo de ayer) había algún ser humano que pudiera confortarme.

En cuanto subí al coche me miré en el retrovisor. Sí, era yo. Con un aspecto un tanto espectral. Cansado, ojeroso, con las facciones crispadas, desencajadas, como si las tensiones interiores las hubieran estirado hasta el límite y las hubieran soltado de golpe. Saqué el revólver de la guantera. La mano había actuado sin mi control consciente. ¿Por qué había incluido un arma en mi equipaje? Un amigo y colega me había recomendado -lejos, en mi remoto hogar- que la llevara conmigo. Iba a atravesar centenares de kilómetros de páramo solitario. Podría toparme con situaciones en las que no valen las explicaciones racionales, ni los prejuicios morales. Ahora, con ella en la mano, no me sentía más tranquilo (como dijo él). Hasta la presa más desvalida y minúscula tiene sus defensas. Pero sentí un cierto alivio. El revólver en mi mano era una extensión de mí, una prolongación natural. Si tienes armas es para usarlas. Si tienes un arma, la usas.

Consulté el mapa. Otro acto reflejo. ¡Pero si no sabía dónde demonios estaba! Había una ruta, marcada en rojo. Un firme trazo de seguridades que conducía a una playa, a un mar acogedor y tibio. ¿La había planeado yo? ¡Ya eran tan pocas las cosas que podía recordar! Arranqué y me incorporé a esa (¿salvadora?) carretera, en el mismo sentido (quizás) que ayer.

A mediodía atravesé un conjunto de barracas miserables que, al menos, tenía un nombre. Esto me sirvió para orientarme en mi ruta muda. Ya había escrito mi primera referencia en el mapa. Había recuperado las coordenadas espaciales. Un júbilo primario me galvanizó. Aunque duró poco. Juraría que había pasado por allí hace unos días.

Otro atardecer. Otro motel clónico y aislado. Otro lacónico individuo advirtiéndome que la ducha no funcionaba bien. Otra habitación claustrofóbica y ratonesca. Un sobre arrugado y manoseado, que no me molesté ni en tocar, esperándome en la mesilla. Bien sabía que era el mismo. No estaba huyendo. Estaba dando vueltas en mi trampa-laberinto. Dejé la pistola a mano y me tumbé en la cama, esperando, desolado, que me invadiera el sopor químico, un sueño inducido y sin pesadillas.

La mañana siguiente llegó sin reproches, ni recuerdos heredados de la noche. Sin amenazas adicionales. O al menos eso creí durante unos minutos. Al examinar el revólver vi que faltaba una bala, que, desde luego, yo no había disparado. Cogí la carta maldita. Sólo un acto de mi voluntad me libraría de ella. Leyéndola, me libraría de su insano influjo. “Hoy la leería, sí, hoy la leería”, entoné mi letanía tranquilizadora. Una mentira cómplice.

Proseguí mi ruta. Devorar kilómetros en busca de esa playa. Ésta era mi única terapia, mi único alimento. Llegar al final del túnel. La dimensión espacial funcionaba razonablemente bien. Los hitos reales y los nombres en el mapa encajaban. El desierto se iba suavizando. Sin embargo, el tiempo seguía trastocado. Los días seguían anónimos, sin etiquetar. Demasiado idénticos para la catalogación. Y además estaba infectado por la inquietante sensación de que todo lo que iba recorriendo (y recorrería) era una experiencia repetida en un pasado ¿remoto? ¿cercano?

Decidí pasar la noche en el espacio abierto, huir de mi reclusión nocturna entre cuatro paredes de material prefabricado. Buscar la seguridad bajo las estrellas. El ritmo circadiano agarofobia/claustrofobia me había desquiciado. Si la amenaza era un peligro cierto, no podía, no debía esconderme. El frío nocturno del desierto. Los latidos naturales. La luna caprichosa. La cacofonía del viento tropezando, resbalando en los pliegues del suelo ¡Qué lejos estaba de casa! El mar me devolvería la tranquilidad, la normalidad anodina. Dentro del saco me iba adormilando. Una punzada de inminencia me arrullaba. La solución (fuera la que fuese) no estaba muy lejos. El hombre no puede vivir sin la certeza bajo sus pies.

Ecos. Voces. Sombras. Figuras. En este orden se presentaron en mi pesadilla. Eran enemigos despiadados que me perseguían más allá de mi ensoñación. Tenía los ojos abiertos y ahí estaban, más allá del umbral del sueño. Y además eran cobardes. Se parapetaban tras la vaguedad y la confusión. Tardaron en presentarse claramente. Otra vez las voces en oleadas, precediendo a las figuras humanas. Precavidas, habían formado un círculo, cuyo radio se iba estrechando en torno a mí. Lentas pero sistemáticas. Yo debía de ser la única presa en este desierto. La presa se revolvió. No iba a permitir que se acercaran más, que se hicieran más intolerablemente reales. Disparé y cargué. Disparé y cargué. Disparé, disparé, disparé. Cuando se agotaron las balas les lancé piedras, puñados de arena, aullidos. Seguían avanzando. CONOCEMOS TU SECR…

Mañana no es ayer mañana no es ayer mañana… Me desperté mascullando esta oración. El sol ya calentaba el desierto. Mis ropas estaban sucias. Las manos heridas, arañadas. El polvo pegado en el paladar. El revólver, en el suelo, parecía una serpiente muerta. Lo recogí. Había agotado todo su veneno. La formación rocosa que me resguardaba no era la misma en la que me había refugiado anoche. Aquélla sería en la que me cobijaré mañana. Risa histérica. Una playa. Huir.

Conduje sin descanso. Los días se hacían noches. Empalmar las variaciones en una cinta sin fin. Nunca recuperaría mi sentido del tiempo. El miedo inhibe los mecanismos no esenciales. No podía parar, sino me atraparían definitivamente. Conducir, conducir. La adrenalina fluyendo a borbotones era el combustible que me acercaba a la playa. Quizás paré un par de veces, no lo sé. Dormirme al volante, salirme de la carretera y reventar dentro de este coche eran chistes pueriles. Detrás estaban ellos. Habían ganado. Estaba huyendo, despavorido. El paisaje era un mero borrón cinético. Acercar vertiginosamente mi espalda al final del horizonte. Una esperanza para mantenerme operativo.

Llegué al final del camino. Ya se oía batir el mar. El desierto quedaba, definitivamente, atrás. El sol empezaba a descender. La calma bajó por todos mis circuitos y me provocó un estupor inefable. Aflojé la presión del pie sobre el acelerador. Al final de esta cuesta empinada estaba la liberación, más que la meta. Me sumergiría en las aguas para relajar todos mis tendones. No saldría de estas aguas hasta haberme purificado por completo. Mi única obligación era recuperar mis constantes vitales. No habría preguntas. No buscaría los porqués. Analizar mi pasado reciente era una tarea inútil. No tenía que olvidarlo, simplemente no había que creer en él. El automóvil se detuvo al final del camino. El mar como horizonte. Un nuevo horizonte después de ¿cuántas unidades de tiempo?

La certeza del fin viró bruscamente de sentido. El coro de voces remontó las olas y se cernió sobre mí. Esas voces áridas, ásperas. Esas voces. Delante, cerrándome el camino hacia mi esperanza. Pronto anularon y enmudecieron la melodía de las aguas. Y a mis espaldas también crecían y se acercaban. Era el cerco definitivo. Ya no había escapatoria. Había asistido demasiadas veces a la liturgia. No tardaron en surgir, en todas direcciones, los ejércitos de figuras humanas, corrientes, iguales. No me quedaba mucho tiempo. Antes de abrir la guantera, sabía perfectamente lo que me iba a encontrar: un revólver, una bala y un sobre cerrado, con mi nombre primorosamente rotulado. Metí el proyectil en la recámara y cerré el cilindro giratorio. Abrí cuidadosamente la carta. Es lo que debía haber hecho hace muchos días. Leí con calma. El contenido (directo, conciso, breve, inequívoco) confirmaba mis presunciones: no era una amenaza, era una simple notificación. Las voces exteriores se sumaron a la mía para repetir las últimas palabras de la misiva: Conocemos tu secreto. Tú eres (¿por qué los cañones de los revólveres están siempre fríos?) el último…

DETONACIÓN


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