Una canción de París

Viajó al Norte bajo el influjo de una canción. O quizás de la fascinación que cinco letras han ejercido en el espíritu de muchos hombres. Él tendía a pensar que llegó a París impulsado por su total carencia de imaginación. Cauteloso como era, no pudo evitar un inequívoco escalofrío, mezcla de nervios y aprensión, cuando pisó la terminal del Charles de Gaulle.

La primavera era tan evidente que ya había llegado hasta aquí y se había apoderado de cada rincón de la ciudad. La luz solar era filtrada por las primeras hojas verdes. Las plazas bullían con esa especial mezcla de serotonina y deseo. El río ya no era una cinta de hielo líquido. La piedra ardía con la luz del atardecer. La ciudad despertaba del rigor invernal y él estaba allí para contemplarlo. En la oficina a todos les extrañó que pidiera quince días de vacaciones en aquella época del año. Aunque no tenía un plan muy definido cuando tomó la decisión, lo que sí era evidente era todo aquello que quería dejar atrás, al menos durante unos días. La primavera en París sería un buen reconstituyente para su monotonía.

No era muy original. Estaba leyendo el Paris-Match en un pequeño café del Boulevard Saint Germain. Su francés estaba muy oxidado, pero aún le alcanzaba para entender trivialidades. Se terminó el cognac y miró por la ventana. Las manadas de estudiantes en celo se habían apoderado de la sabana en ese momento. Iban y venían con esa urgencia saludable que él echaba de menos. Dos muchachas de aspecto oriental, cargadas con bolsas de boutiques muy caras, compraban un helado en un establecimiento cercano. El ruido de cristales rotos atrajo su atención, que se dirigió de nuevo al interior del café.

Aquella atractiva morena parecía haberse materializado en la mesa de enfrente. Blusa de seda color marfil, falda príncipe de gales, medias oscuras y unos zapatos negros de tacones vertiginosos. Estaba leyendo el Vogue y jugueteando distraídamente con su diminuto teléfono celular. Apenas llevaba maquillaje, o era tan caro como para simular su no existencia. Levantó la vista de su lectura, se ajustó las gafas sin montura y permitió que una ráfaga de su encanto se propagara desde sus ojos y su boca hacia él.

Paseando por las calles del viejo barrio de Montmartre en la noche fresca. Sus pasos lentos y relajados resbalaban por el pavimento húmedo. La Rue des Saules era un sendero oscuro en la colina. Pasó por delante del viñedo del barrio, un guiño nostálgico al espíritu de comunidad rural que algún día fue todo aquello. Aprovechó la luz de una farola para consultar su reloj. Si se daba un poco de prisa aún podría tomar una sopa de cebolla tardía y reparadora por allí. Casi tropezó con ella al girar en una calle transversal. Ella dejó caer al suelo el bolso. Él, solícito, se lo entregó. Había la suficiente luz para reconocer esos ojos oscuros que ahora no estaban camuflados tras el cristal. Musitó un gracias apresurado y se alejó con paso decidido. Él pensó un rato en probabilidades infinitesimales y gotas de lluvia mientras iba en busca de esa sopa de cebolla.

La mañana en los Jardines del Troccadero era tibia y ruidosa. Otros turistas revoloteaban en bandadas por allí, gregarios y algo excitados. Los nativos se habían puesto de acuerdo y lucían sus mejores y más recientes plumajes estivales. Un taxista dormitaba dentro de su oficina. Los días se desvanecían, pero dejaban huella en el paladar como una buena botella de vino borgoñón. Había terminado dos libros, que en otras circunstancias quizás no habría concluido. Había sonreído con las andanzas de Hulot en un centro cultural. Había coqueteado con la recepcionista del hotel. El camarero del bar donde iba a desayunar todos los días ya le reconocía y acertaba con su punto preferido del café. Había gozado con la invocación de los viejos demonios del be-bop. Tal vez la vida era sólo eso, una sucesión de pequeños detalles placenteros, que descubres que lo son cuando te calmas un poco, bajas la vista al suelo y dejas de obsesionarte por ser feliz. Se llevó otra fresa a la boca. Se había gastado una pequeña fortuna en ese cestillo de fruta rojiza y madura. Dejó que su aroma llenara todos sus circuitos sensitivos. El recuerdo de unos ojos y un rostro se impuso sobre el resto de estímulos.

Se había sentado para descansar un poco y admirar las serenas asimetrías de un bodegón de Cézanne. Orsay era una sobredosis sensorial. No era un fanático ni un entendido en Arte, pero era tal la acumulación de belleza en aquel lugar que no cabía otra postura que rendirse y dejarse llevar por la armonía circundante. Presintió su llegada antes de verla. Se sentó junto a él con naturalidad. Llevaba una camiseta blanca de algodón de manga corta, ni ajustada ni holgada, que liberaba unos brazos pálidos y bien torneados. Obviamente, no llevaba reloj. Unos vaqueros negros y unos zapatos de diseño masculino sin tacón. Le miró cálidamente, le cogió de la mano y con un inglés lleno de sonidos fricativos le dijo que fuera con ella. Mientras salían de la sala, él sintió como una marejada de calor ascendente le impedía pensar.

Se despertó sobresaltado en una habitación de hotel, algo que no sería nada extraordinario sino fuera por el pequeño detalle de que no era la habitación de su hotel. No se atrevió a encender la luz. El reloj electrónico de la mesilla le dejó bien claro que era lo suficientemente tarde, o lo suficientemente pronto, como para no hacer nada. Se levantó y se acercó a la ventana. Reconoció los perfiles de los tejados y las estrechas callejuelas. Estaba en la Ile St. Louis. Todos los recuerdos y el placer experimentados en las últimas horas llegaron a su memoria de golpe y desordenados. Ahora que los ojos ya se habían acostumbrado a esa mezcla de oscuridad y luz marginal se percató de que toda su ropa y sus pertenencias estaban caprichosa y aleatoriamente distribuidas por toda la habitación. Sin embargo, no había ni rastro de ella, salvo los vestigios de su (caro) perfume que había percibido antes, entre las sábanas. A no ser que… Se abalanzó sobre la mesilla. Nada. Creía haber visto como ella dejaba una tarjeta allí. Quizás fue un sueño. Quizás todo fuera un sueño. Ni se alarmó, ni se preocupó. No merecía la pena. Descolgó el teléfono y pidió un paquete de tabaco al servicio de habitaciones. Ahora ya tenía una buena excusa para volver a fumar.

El final del viaje ya era un hecho inmediato. Mientras un taxi le llevaba camino del aeropuerto, a mucha más velocidad de la aconsejable para esas horas y para esa densidad de tráfico, repasaba los últimos días en la ciudad. Boulogne en sazón, la Defénse llena de burócratas febriles y sudorosos, la tarta de almendras de aquel restaurante diminuto cerca de la Bastilla. Y su recuerdo, siempre su recuerdo, al entrar en cualquier ascensor, o al pasear al lado del río. Le pareció verla una tarde entre la multitud en las Galerías Lafayette, pero aunque lo intentó, no pudo encontrarla. Ahora que el taxi ya enfilaba su terminal, sintió un poco de pena, porque se alejaba de sus recuerdos. Pero había aprendido bastantes cosas de sí mismo estos días. Aunque volviera a su vida, ésta ya no sería la misma. No había sido, después de todo, un viaje en balde.

Se colocó los pequeños auriculares en sus oídos y dejó que aquella melodía que le había traído a París invadiera completamente su cerebro. La maleta rodaba por el pulimentado suelo de la terminal. Las pantallas escupían cifras y siglas sobre cuestiones triviales. Los viajeros se esforzaban en escenificar un vals de prisa y modernidad. Diez monedas distintas, cien acentos distintos, mil teléfonos celulares funcionando simultáneamente.

Cuando la vio, sentada y sonriente en la zona de espera de su puerta de embarque, sintió más alegría que sorpresa. Ella se levantó y avanzó también hacia él para anular antes el espacio que los separaba. Soltó la maleta. Antes de besarla ya sabía que no iba a coger ese vuelo. Mientras la abrazaba y sentía su calor pensó que la realidad era un concepto muy sobrevalorado.


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