La Comedia

Danny Kaye

¿CÓMO SE DELETREA CZECHOSLOVAKIA?

La Comedia Americana en los tiempos en que “no había nada menos lógico que la verdad”

Desde que surgió el Cine, los hombre filmaron comedias. Ahí está El regador regado. Antes de la llegada del sonoro, un hambriento buscador de oro se comió su propio zapato, un tipo muy serio luchó por el Sur con la ayuda de su locomotora, los polis de la Keystone sembraban el caos por doquier y pocos salían indemnes de una guerra de tartas de Mack Sennett.

“Ésta es una de las tragedias de esta vida, que los hombres que más necesitan ser abofeteados son enormes.” (Un marido rico, Preston Sturges, Paramount, 1942).

Mabel Normand, Harry Langdon, Harold El Hombre-Mosca Lloyd, Fatty Arbuckle, el elegante Max Linder, Ben Turpin. Grandes nombres que hicieron reír sin necesidad de palabras. Y llegó el sonoro. Con él, una nueva arma para burlarse del Poder, de las convenciones, del absurdo del statu quo, del orden de los bienpensantes: la Palabra. La Comedia estalló, expandió sus límites, exploró todos los recovecos de la ilógica, para mostrar que el anverso lógico no era tan inocuo. La Comedia Americana vivió un Periodo Dorado en los 30′ y primeros 40′, hasta que la maquinaria propagandística obligó a solemnizar el gesto. Más madera, es la guerra.

“Los últimos juicios en masa fueron un éxito. Va a haber menos, pero mejores rusos.” (Ninothcka, Ernst Lubitsch, MGM, 1939).

De aquella época gloriosa recordamos mujeres bellas, inteligentes y dominadoras: Irene Dunne, Claudette Colbert, Carole Lombard, Barbara Stanwyck, Miriam Hopkins, Katharine Hepburn, Jean Arthur. Galanes sofisticados, hombres de mundo con un toque canalla, que a menudo eran zarandeados y maltratados por aquellas: Cary Grant, Joel McCrea, Gary Cooper, Fredric March, Herbert Marshall, Fred MacMurray, Melvyn Douglas, James Stewart. Secundarios robaplanos, que apoyaban los titubeos de las estrellas: Edward Everett Horton, Sig Ruman, Margaret Dumont, Felix Bressart, Mary Astor, William Demarest, Alice Brady, Mischa Auer, Eugene Pallette, Charles Ruggles, Walter Connolly, Charles Coburn. Guionistas venenosos de pluma afilada: Charles Brackett, Ben Hecht, Samson Raphaelson, Dudley Nichols, Charles Lederer, Robert Riskin, Donald Ogden Stewart, Garson Kanin, Morrie Ryskind, los después realizadores Preston Sturges y Billy Wilder. Directores de mirada indirecta y artera: Leo McCarey, Mitchell Leisen,Gregory La Cava, Ernst Lubitsch, Howard Hawks, Frank Capra, George Cukor, H.C. Potter. Una gran concentración de talento, que no se desperdició.

“Todo lo que necesitas para abrir un manicomio es una habitación vacía y la clase adecuada de gente.” (Al servicio de las damas, Gregory La Cava, 1936, Universal).

Preston Sturges formuló Las reglas de oro para una comedia de éxito. Algunos pensarán que sólo sirven para películas de una determinada época. Yo opino que siguen vigentes. O que deberían estarlo. La fórmula no es muy complicada:

  • Una chica bonita es mejor que una fea.
  • Una pierna, mejor que un brazo.
  • Un dormitorio, mejor que una sala de estar.
  • Una llegada, mejor que una partida.
  • Un nacimiento, mejor que una muerte.
  • Una persecución, mejor que una charla.
  • Un perro, mejor que un gatito.
  • Un beso, mejor que un bebé.
  • Y una buena caída, mejor que ninguna otra cosa.

Ethan Mordden, en su muy recomendable libro Los Estudios de Hollywood (Ultramar), define la comedia de enredo de los 30′ como un “cuento contemporáneo sobre un galanteo, con un guión ingenioso, que favorece a las clases altas y nos instruye a disfrutar de la vida a nuestra propia manera, antes que observar las reglas en el amor y en el trabajo presentadas por los demás”. Son los años de la Depresión. El público busca en el Cine lujo, sofisticación, romance, diversión. Recuerden al personaje interpretado por Mia Farrow en La rosa púrpura de El Cairo. Reírse de/con los ricos es una excelente terapia para olvidar las miserias cotidianas.

Una joven heredera de la Coca-Cola argumenta a su esposo, un comunista de la antigua RDA, sobre el futuro del hijo que esperan: “No te preocupes. Cuando tenga 18 años podrá decidir si es capitalista, o un comunista rico.” (Uno, dos, tres, Billy Wilder, 1961, UA/Mirisch).

Muchas de estas películas muestran a las clases altas como una pandillas de lunáticos, frívolos, caprichosos y descerebrados. Sus únicas preocupaciones son el placer, la seducción. Smokings, joyas, sedas, yates, la Riviera, champagne, casas de campo, abrigos de pieles, el Morocco. Un desfile arrebatador de glamour para audiencias amargadas por la Crisis. Escapismo para el lumpen (a veces no tan escapista). Ahora bien, como repite Edward Everett Horton en Una mujer para dos (1933, Paramount, Lubitsch), “la inmoralidad puede ser divertida, pero no lo suficiente para sustituir a un cien por cien de virtud y tres comidas al día”.

Un personaje opina sobre los chicos de la prensa: “Le diré brevemente lo que pienso de los periodistas. Ni la mano de Dios, alzándolos del lodo, podría elevar a ninguno de ellos a las profundidades de la degradación.” (La reina de Nueva York, William Wellman, 1937, David O. Selznick).

Mordden señala en el libro citado que la comedia sofisticada es una representación irreverente de las convenciones sociales del pueblo americano, vistas con una mirada insolente, reprobatoria, pero también resignada. Estos son los defectos, dice el cineasta. Vedlos, querido pueblo americano, pero yo no puedo cambiaros. No es casual que algunos de los motores de la Comedia Americana sean de origen europeo (Leisen, Wilder, Lubitsch).

Un mayordomo habla del poderoso influjo de su patrona sobre los hombres: “La señora solamente es resistible de dos a cuatro de la tarde.” (A todo gas, Edward Cline, 1932, Paramount).

Estas comedias no eran un mal negocio para las productoras. Su presupuesto era reducido, por lo que recuperar la inversión no era difícil. Un presupuesto reducido obliga a recurrir al talento. Por ello, la labor de los guionistas y del director eran vitales para levantar estas comedias. Y como se ha dicho antes, el talento no escaseaba. Talento de origen teatral, en su gran mayoría.

Un oficial nazi opina de un actor polaco:”Lo que le hizo a Shakespeare es lo que nosotros le estamos haciendo ahora a Polonia.” (Ser o no ser, Ernst Lubitsch, 1942, United Artist).

Tres fueron los Estudios que se dedicaron con especial atención a la comedia: Paramount, RKO y Columbia. Paramount, uno de los Grandes, el Reino del Glamour desde los 20′, con aquellos vehículos desaforados y asfixiados en lujo de Cecil B. de Mille y Gloria Swanson, conocido como el Estudio de los Directores. RKO, aquella gente rara de Nueva York, siempre con problemas de dinero, pero con ese toque intelectual y descreído de la Gran Ciudad. La Columbia, un estudio pequeño, barato, sucio, el Rey de los Rápidos, dirigido con puño de hierro por Harry Cohn (ruin entre ruines, tramposo entre tramposos), cuyo lema era “Simplemente hazlo. Si deja dinero podrás hacer otro, y si pierde dinero quedas despedido”. ¿Recuerdan al productor que contrata a Barton Fink en el film homónimo de los hermanos Cohen? Así debió de ser Harry Cohn.

Groucho:”Es usted la mujer más hermosa que nunca he visto, lo que no dice mucho de usted.” (El conflicto de los Marx, Victor Heerman, 1930, Paramount).

Los Directores. El toque sensual/sexual de Lubitsch, sus elipsis, esas puertas de dormitorio que se cierran… hasta la mañana siguiente. Howard Hawks, el rey del estilo invisible, capaz de imprimir un ritmo de montaña rusa a sus comedias, diálogos como tableteos de una thompson. Hawks, el misógino que ridiculizaba a su propio sexo. Mitchell Leisen, sofisticado, en sus filas reina el equívoco (nada es lo que parece) y los malentendidos (a veces sobreentendidos), capaz de explicar cómo un abrigo de pieles que vuela desde una ventana y aterriza sobre una mecanógrafa provoca el hundimiento de Wall Street (Una chica afortunada, 1937, Paramount). Leo McCarey, un viejo zorro curtido en mil peleas tabernarias, capaz de meter en cintura a Laurel y Hardy, W.C. Fields y los Hermanos Marx y sobrevivir, un alquimista dotado para combinar satisfactoriamente comedia y melodrama romántico. Gregoy La Cava, un francotirador de Broadway, enloquecido, distinto, original, que da un giro de tuerca más a la screwball comedy. Preston Sturges, un deslumbrante y tardío fogonazo, el gigante de las grandes farsas, el maestro marionetista del Grand Guignol americano. Frank Capra, el Campeón del New Deal, muestra cómo el amor es capaz de saltar todas las barreras sociales y unir a ricos y pobres, el candor democrático capriano. George Cukor, el inteligente bisturí que disecciona los especímenes de la clase alta y descubre tumores malignos en las copetudas familas patricias de Nueva Inglaterra.

“Judy: Sé que soy diferente, pero desde ahora voy a intentar ser igual.
Howard: ¿Igual a qué?
Judy: Igual que las personas que no son diferentes.” (¿Qué me pasa, doctor?, Peter Bogdanovich, 1972, Warner).

Las comedias románticas. Las comedias sexuales. La seducción como arte, un juego galante practicado por hombre y mujeres de mundo. La seducción como robo. Lucha entre los sexos. Comedias de hombres -y fundamentalmente- mujeres. Sí, mujeres. Es curioso. En aquellos lejanos años son las actrices las protagonistas destacadas de las comedias. Alrededor de ellas giran las tramas. Mejor dicho, ellas dirigen, controlan a su antojo los acontecimientos. Mujeres coquetas, algo frívolas, hermosas (aunque ninguna de las comediantas se ajusta al Sagrado Canon de la Belleza. Su atractivo irradia desde el interior), pero que saben lo que quieren y no se arredran, aunque llegue un galán de anchos hombros. Al final, se casan con el chico, sí, pero cuando y como ellas quieren. Si son capaces de domar a un leopardo, qué no harán con un hombre…

“Dunne: He visto tu fotografía en el periódico y me sorprendió lo que se parecía a ti.”

“Dunne: Has vuelto, y me has pillado en la verdad, y no hay nada menos lógico que la verdad.”

“Dunne: ¿Estás confuso, no?
Grant: ¿Y tú?
Dunne: No.
Grant: Bueno, deberías estarlo, ya que estás equivocada sobre eso de que las cosas son diferentes, porque no son lo mismo. Las cosas son diferentes de una manera diferente.Tú todavía eres la misma, yo sólo he sido un loco… Pero ahora, no.
Dunne: ¡Oh!
Grant: Con tal de que yo sea diferente no pienses que… Bueno, las cosas quizás podrían ser lo mismo otra vez… Sólo un poco diferentes, ¿eh?”
(La pícara puritana, Leo McCarey, 1937, Columbia).

La Guerra Mundial acabó con este periodo de esplendor. La seriedad, la tragedia, el realismo del conflicto endurecieron el paladar del espectador. El patetismo bélico liga muy mal con el lujo, el glamour y la disipación. Es tiempo de arrimar el hombro, empezar a sudar y poner otra vez en marcha la maquinaria nacional. No hay tiempo para juegos galantes.

La Comedia, naturalmente, no desaparece, simplemente se adapta. Quedan los chispazos geniales de Hawks. Y la carrera de uno de los grandes pilares del género: Billy Wilder, el vitriolo vienés, el cínico descreído. Como guionista, firmó, junto a Brackett, títulos míticos de la comedia de los 30′: Medianoche, La octava mujer de Barba Azul, Ninotchka, Bola de fuego. Aprendió el oficio de director viendo a los grandes, y eso se nota. Con él, con Jack Lemmon, Walter Matthau, Shirley Maclaine, James Cagney reiremos de nuevo. Blake Edwards, otro ex-guionista, respetuoso y aventajado alumno, diestro en la comedia sofisticada y en el slapstick caótico y acelerado. Frank Tashlin, que empezó en los dibujos animados, y llevó el espíritu transgresor de Tex Avery a las imágenes reales, que jugó con objetos y actores como si fuesen elementos de cómic. Y Peter Bogdanovich, y Richard Quine, y Jerry Lewis, y Woody Allen, y…

“De Ginebra llega la noticia de que el famoso ladrón internacional, Gastón Monescu, robó ayer en la Conferencia de Paz. Se llevó prácticamente todo, excepto la paz.” (Un ladrón en la alcoba, Ernst Lubitsch, 1932, Paramount).

La Comedia nunca morirá. La risa -más o menos transgresora- nos redime, nos desmarca del reino animal, nos permite escapar momentáneamente de la náusea cotidiana. Como dijo el viejo Sullivan, la Comedia debe existir, porque “la risa es todo lo que tienen algunas personas”.

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